De hecho los romanos no luchaban con los pilum como si fuesen una lanza. Se acercaban al enemigo (o dejaban que este se acercase) y les lanzaban los pilum. Uno ligero a una cierta distancia y uno pesado a corta. Si el pilum no alcanzaba al objetivo, al menos se clavaba el los escudos y mediante un mecanismo se doblaba quedando encajado, evitando así que se pudieran volver a lanzar contra los romanos y dificultando su extracción del escudo.
A partir de ahí, sacaban la gladius y hacían picadillo de carne.