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El origen y el futuro de la cultura
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El origen y el futuro de la cultura Desconectado (Pablo)
Cabo (323 mensajes) . 01 Oct 2009, 19:20

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Acabo de terminar el 4º artículo del blog. Como en esta ocasión se aleja bastante del subforo de Historia lo he colgado en Off-Topic. Espero que os guste y que comentéis a gusto  ;D.

http://pensan-do.blogspot.com/

El origen y el futuro de la cultura

El 7 de mayo de 1959 Charles Percy Snow dio un discurso que se convertiría en un clásico. Su título, homónimo al libro publicado poco después, era “Las dos culturas”. En ella subrayaba la falta de comunicación entre las humanidades (“Intelectuales literatos”) y las ciencias. Nadie mejor que el propio Snow para explicarse:

Son muchos los días que he pasado con científicos las horas de trabajo para salir luego de noche a reunirme con colegas literatos. Y, viviendo entre dichos grupos, se me fue planteando el problema que desde mucho antes de confiarlo al papel había bautizado en mi fuero interno con el nombre de "las dos culturas". Los científicos creen que los intelectuales literarios carecen por completo de visión anticipadora, que viven singularmente desentendidos de sus hermanos los hombres, que son en un profundo sentido anti-intelectuales, anhelosos de reducir tanto el arte como el pensamiento al momento existencial. Cuando los no científicos oyen hablar de científicos que no han leído nunca una obra importante de la literatura, sueltan una risita entre burlona y compasiva. Los desestiman como especialistas ignorantes. Una o dos veces me he visto provocado y he preguntado [a los no científicos] cuántos de ellos eran capaces de enunciar el Segundo Principio de la Termodinámica. La respuesta fue glacial; fue también negativa. Y sin embargo lo que les preguntaba es más o menos el equivalente científico de "¿Ha leído usted alguna obra de Shakespeare?"


Desde entonces el tema ha suscitado gran cantidad de debates, peleas entre Snow y el literato Leavis y mucha polémica. Aunque creo que la separación que explica Snow es evidente, no coincido con él en algunos puntos: en el debate entre los dos grupos tira de la manta para el suyo, el científico. En vez de dedicar un artículo al tema prefiero usarlo para hablar de algo que considero más relevante: la importancia de la cultura por sí misma. Lo mejor es comenzar por la sana costumbre de preguntarse cosas que consideramos obvias. Así pues, ¿por qué es deseable la cultura? ¿porqué un hombre debe dedicar una considerable cantidad de su tiempo a “cultivarse”?


Ya que siempre he cojeado hacia la visión histórica empezaré describiendo el comienzo de la cultura. La cultura es algo intrínseco a la civilización y a la sociedad en la que vivimos. Desde el surgimiento de la escritura, allá por el 3.000 a.C., los hombres han disfrutado de la poderosa capacidad de legar sus conocimientos no sólo a las generaciones cercanas, sino a los hombres y culturas lejanos en el tiempo. Antes de la aparición de los textos escritos lo aprendido por una generación se perdía, en gran parte, en la siguiente. Los padres enseñaban a sus hijos lo que podían, los cuentos, leyendas y religiones intentaban establecer principios morales que sirvieran al grupo o la tribu. Pero gran parte de la información se perdía a los pocos años. En este mundo la civilización era imposible: el avance era tan lento que el hombre estaba condenado a sobrevivir por miles de años en su estado original.

Todo cambió con el paso al sedentarismo y la aparición de la agricultura. Poco a poco los conocimientos de cada generación fueron acumulándose, las religiones enriqueciéndose y la civilización (las primeras ciudades) comenzando su andadura. ¿Qué ha hecho que el hombre haya avanzado de los bosques y las montañas a los mares, las ciudades y los cielos? La cultura. Sin ella la civilización no es posible. El conocimiento permite a toda generación partir con la experiencia adquirida por la humanidad durante decenas y decenas de siglos.

En cierto sentido, la cultura es una especie de memoria universal. La memoria, la agrupación de recuerdos de nuestros actos durante nuestra vida, es lo que nos hace madurar. Durante toda nuestra vida ensayamos infinitos actos de ensayo y error. Probando y recordando aprendemos y adquirimos experiencia. De la misma forma funciona la cultura. Aprender (sea lo que sea, no sólo de cultura intelectual vive el hombre) de otros es adquirir una experiencia inaccesible de otra forma. Es la suma de conocimientos de muchas vidas humanas.

En una sociedad como la nuestra eso es algo imprescindible: la democracia es democracia cuando el pueblo gobierna. ¿Acaso gobierna cuando vota a ciegas, influido por las bonitas palabras, las mentiras o las demagogias? Una sociedad democrática necesita entender la política y el mundo en el que vive para actuar en consecuencia. Ahí entra en juego el conocimiento general de la historia: no chocar dos veces con la misma piedra (aunque lo hagamos una y otra vez, siempre puede ser peor…). Una sociedad inculta está a merced de sus gobernantes. Cada vez el conocimiento está más especializado.


Como es inevitable por nuestro propio sistema económico y el avance de la ciencia, los ingenieros, químicos y biólogos focalizarán cada vez más sus conocimientos y se centrarán más en el mercado. No es necesariamente algo malo: se convierte en ello cuando confundimos nuestra profesión con nuestra vida y nos limitamos a aprender sólo lo que es necesario en nuestro trabajo. Una cosa es la educación profesional, y otra la personal. Es algo que se confunde a menudo en la educación pública. Se estudia para memorizar, no para aprender. ¿Qué sentido tiene memorizar autores sin leer sus libros, memorizar fechas sin comprender su historia, analizar poesías sin sentirlas ni aprender de ellas? El objetivo no es grabar a fuego datos en la mente de los estudiantes: no hay forma más efectiva para crear una sociedad enferma que matar la curiosidad de los niños a golpe de examen. Muchas veces el hombre sabio no es el que más sabe, sino el que más quiere saber. No es el que se refugia en su torre de marfil, sino el que aprende de lo que sabe y lo aplica en sus actos, el que mantiene la mente abierta y no se refugia en sofismos sin sentido. El conocimiento no es monopolio de los libros, sino de la imaginación.

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