Ahí vamos...
Al principio, los movimientos fueron sutiles, casi nulos. Sólo hablaban cuando estaban seguros de que su mensaje iba a calar en sus oyentes. El demonio de Artorius demostró su habilidad a la hora de detectar a los posibles candidatos, y en señalar a los que podrían poner en peligro la misión. Artorius y sus hermanos ganaron gran importancia dentro del nuevo capítulo, y pronto ocuparon puestos de relevancia. No obstante, los 5 capitanes siguieron reuniéndose puntualmente, en un remedo del mournival que rigió los destinos de la legión de los Lobos Lunares, cuando el traidor Horus era su primarca. Cinco lustros después, Artorius consideró que al menos tres cuartas partes del capítulo comulgaban con sus principios.
El momento de dar el paso definitivo había llegado.
Un grupo de renegados del caos se había hecho fuerte en el planeta Yaska. El capítulo de los Angeles de la Salvación fueron los encargados de recuperar el planeta. Junto a ellos, un viejo conocido. Golan Randers, el inquisidor que había rescatado a Artorius tras la derrota del demonio (derrota que ahora sabía que no había sido tal).
- Debes cerrar el círculo – le había dicho Gedeon –. Destruye a los renegados para demostrar tu posición. Destruye a tus hermanos, para demostrar tu fuerza. Destruye al inquisidor, para demostrar tu rechazo al Emperador.
El planeta era un mundo fortaleza en el Segmentum Solar. Los informes notificaban que el caos había conseguido destruir las defensas planetarias con rapidez, y se habían hecho fuertes en las zonas montañosas al este del planeta, desde donde lanzaban asaltos brutales y cada vez más peligrosos.
Artorius situó sus fuerzas en dos grandes grupos. Procuró mantener a los hermanos leales a su causa cerca de sí, mientras que las compañías más fieles al emperador se enfrentarían a los caídos los primeros.
Tras un breve bombardeo orbital comenzó el despliegue. Pronto, los escuadrones de exploradores informaron de presencia enemiga y Artorius dio comienzo al despliegue inicial.
Las escaramuzas tuvieron lugar durante dos semanas. Golan comenzó a sospechar cuando Artorius se negaba a afrontar la batalla final, lanzando sus compañías de una en una.
- Debes atacar, Artorius. - Golan Randers estaba de pie, frente a Artorius, en el puente de mando de la Thunderhawk capitana. - Esta guerra de desgaste no nos beneficia en nada. Nos derrotan una y otra vez con tus compañías atacando de una en una. Estamos teniendo demasiadas bajas... bajas para nada.
- Atacaré cuando sea preciso, Golan. Si tanta prisa tienes, ataca tú con tus Caballeros Grises. Yo iré a recoger tu cadáver cuando derrote a esos renegados.
- Estás rozando la sedición, Artorius. Si esto sigue así, tendré que hacerme cargo de esta misión, y encargarme de que seas juzgado por cobardía y traición.
Artorius se giró para que el inquisidor no pudiese ver su sonrisa. El momento ha llegado, Artorius, resonó la voz del demonio en su cabeza, ataca ahora
- Está bien, Golan. Tienes razón. – Artorius inclinó levemente la cabeza, en señal de reconocimiento - Atacaré con todo. Y tú… vendrás conmigo. Prepara a tus Caballeros.
- Siempre están preparados, Artorius.
El Señor del Caos se alzaba sobre un promontorio enarbolando una enorme hacha. Tras él, cuatro enormes bestias surgidas del inframundo, vomitaban fuego de plasma sobre las tropas de Artorius. Un puñado de seguidores de Khorne voceaban y gruñían agitando al aire sus hachas sierras. La situación era casi caótica. Artorius, rodeado por sus fieles exterminadores, contemplaba cómo sus camaradas destruían sin piedad a los berserkers. Golan estaba ansioso por atacar, por destruir al traidor. Artorius asintió y el inquisidor se lanzó al asalto. Mientras, el capitán de la primera compañía, comenzó a moverse junto con sus exterminadores, vomitando fuego mientras avanzaban implacablemente, aunque sus pesados movimientos no pudieran competir con la agilidad de los Caballeros Grises.
Cuando Artorius llegó al promontorio, Golan y los Caballeros Grises se enfrentaban al señor del Caos. Golan manejaba con soltura un enorme martillo trueno y descargaba golpes uno tras otro. Sin embargo, era su escolta de Caballeros Grises los que más éxitos conseguían. Ya habían conseguido eliminar a los monstruos que escoltaban al señor del caos, a pesar de haber sufrido graves pérdidas. Por su parte, el enorme señor atacaba pesadamente con su enorme hacha. Tres de los caballeros yacían inertes a sus pies, y ahora trataba de acabar con Randers. El inquisidor esquivó un furibundo ataque del señor del caos y golpeó pesadamente la servoarmadura ennegrecida por el caos. Murmuró una plegaría al Emperador, y el martillo pareció estallar. La armadura se cuarteó y se desmoronó dejando al aire el oscuro pecho del servidor del caos. Golan volvió a descargar el martillo una, dos, tres veces. Con cada golpe, caían más y más trozos de la armadura destrozada. Finalmente, con un crepitar de carne chamuscada, el martillo acabó con la vida del mutado ser.
Golan se quitó el casco de su servoarmadura al ver que los exterminadores de los Angeles de la Salvación llegaban al promontorio. Artorius se acercó al cadáver del señor oscuro, y alzó la enorme hacha con la que había peleado.
- Reclamo esta vida como símbolo de mi victoria. – Y con un brutal movimiento, atravesó la servoarmadura del inquisidor de arriba abajo. – Tu vida, inquisidor.
- ¡Traición! – escupió el inquisidor, herido de muerte. – Yo… te maldigo… en este día… aciago. – Se derrumbó. Mientras la vida se escapaba por la horrorosa herida que Artorius le había hecho, vio como sus hombres eran aniquilados por los exterminadores. – Te declaro… ¡¡extremis diabolus…!!
- No puedes hacerte a la idea de cuanto. – Y descargó su bolter.