Bueno, aquí os dejo con un pequeño relato, con el que inauguro el trasfondo de un personaje que voy a usar en una futura partida de Dark Heresy.
El oficial arbites le entregó la placa de datos al inquisidor. Éste deslizó el sello sobre la pantalla, que parpadeó brevemente hasta mostrar unas cifras. El inquisidor esbozó media sonrisa y le preguntó al oficial:
- ¿Estos datos son correctos?
- Así es, señor. – asintió el oficial. – Aunque tal vez habría que añadir nuevos números, señor. Antes de que pudiésemos capturarlo, se las ingenió para incapacitar a 3 de mis mejores hombres.
- No está mal. - Le devolvió la placa al arbites - Quiero hablar con él. Ahora.
- ¿Cree que es necesario, señor? – el oficial torció el gesto – Es un tipo peligroso, señor. Y está claro que es culpable. Aunque no veo qué tiene que ver la inquisición en este caso, señor. – El arbites dedujo que había llegado demasiado lejos al ver el ceño fruncido del inquisidor y sin esperar la reprimenda introdujo la clave alfanumérica que abría la puerta de la celda. Después, agachó la cabeza y dio un paso atrás, para franquear el paso al inquisidor.
En el interior de la celda, sentado en el suelo, había un hombre de unos 25 o 30 años. Su tez era oscura, lo que denotaba su procedencia de las colonias más meridionales del planeta. Era atlético y llevaba el pelo corto, al estilo militar. Su oreja izquierda estaba adornada con un pequeño arete de oro, o de algún metal similar. El inquisidor clavó su mirada en los ojos verdes del prisionero, que aguantó estoicamente la mirada.
- Levántate. – El inquisidor acompañó la orden de un leve impulso psíquico, para poner a prueba al prisionero. El hombre se levantó antes de que se diese cuenta que lo estaba haciendo – Mi nombre es Athellus Zarkov, Inquisidor. – Una sombra de preocupación recorrió el rostro del prisionero – He venido a interrogarte. Tu nombre es Lion’el Silvanus, ¿verdad? – El prisionero asintió con un leve gesto de la cabeza. Zarkov restalló – Contesta cuando se te hable, muchacho.
- Sí, señor – la voz del prisionero era rasposa, posiblemente por la privación de líquido durante varias horas.
- 12 hombres abatidos. 3 arbites incapacitados. ¿Son correctos estos datos?
- No, señor. – el inquisidor esperó que el prisionero negase los cargos, pero se equivocaba. – Han sido 25 hombres abatidos, señor. En cuanto a los arbites… ellos dispararon primero… - el inquisidor volvió a sonreír. Después dio un paso hacia el prisionero.
- ¿Por qué haces lo que haces?
- Porque es lo único que sé hacer… y porque lo hago bien.
Diez años atrás…El viejo camión traqueteaba lentamente por la polvorienta carretera, mientras el joven que se sentaba tras los mandos tarareaba una vieja canción de cuna que solía cantarle su madre cuando él era pequeño.
Casi no prestaba atención a lo que hacía, pues había recorrido esa misma ruta infinidad de veces en los últimos años, al principio sentado al lado de su padre, y ahora, desde que el viejo ya casi no tenía fuerzas para aguantar doce horas seguidas en la fábrica solamente acompañado por el runrún del motor.
De pronto dejó de cantar y redujo la velocidad del camión. Sabía que algo iba mal. A estas alturas del camino ya debería poder ver la luz del porche de la casa, bajo la cual su padre se sentaba cada noche a fumarse su último cigarrillo de Lho, mientras esperaba que su hijo llegase a casa.
Apagó las luces del camión y recorrió los últimos metros tratando de hacer el menor ruido posible, cosa harto difícil, pues aquella tartana chirriaba como un grillo endemoniado. Detuvo el camión y echó mano al viejo rifle de caza que llevaba en la parte de atrás; después se bajó.
Cuando el tipo enorme salió de la casa, estaba preparado. Apoyó rápidamente el rifle en el hombro y exhaló el aire antes de apretar el gatillo, tal y como su abuelo le había enseñado cuando era pequeño. Durante un momento, el tiempo pareció detenerse. Los ojos del tipo se abrieron bruscamente al ver al joven imberbe con un arma apuntándole directamente a la cara.
El disparo rompió el silencio de la noche, seguido del sonido de un cristal destrozado por la bala. Había fallado el tiro.
No tuvo una nueva oportunidad. De dos rápidas zancadas, el furtivo cubrió la distancia que le separaba del joven, y mientras sujetaba al rifle de caza con su mano izquierda descargó su puño sobre la sien del muchacho. El golpe fue como si un martillo le hubiese destrozado la cara. Incapaz de sujetar sus piernas el chico cayó de hinojos mientras un brusco tirón le arrebataba el arma. Mientras estaba arrodillado, el matón descargó su pesada bota en la cara. Sintió cómo los huesos de la nariz se deshacían bajo la piel y después, todo se volvió negro.
Continuará