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V Torneo de La Armada. Trasfondo y Eventos |
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Pues yo haria lo siguiente. Mesa 1, misión Reliquia, y que la reliquia sea el Knight (colocado en el centro de la mesa). Se podra mover con las mismas condiciones que indica la misión pero teniendo en cuenta que no puede moverse por terreno dificil. Al Knight lo trataría como un objetivo misterioso de la siguiente tabla: 1 en D6 ... esta totalmente inoperativo, solo se puede empujar para tratar de repararlo 2 en D6 ... puede moverse por si solo, pero el armamento ni el escudo se activan. Puede andar por si solo. Blindaje y Puntos de Casco los habituales. 3 en D6 ... Inmovil, funcionan las dos ametralladoras, sin en resto del armamento ni el escudo. Blindaje y Puntos de Casco los habituales. 4 en D6 ... Inmovil, funciona el cañon de batalla, sin en resto del armamento ni el escudo. Blindaje y Puntos de Casco los habituales. 5 en D6 ... puede moverse por si solo, armamento cuerpo a cuerpo activado. Blindaje y Puntos de Casco los habituales. 6 en D6 ... puede moverse por si solo, escudo y armamento cuerpo a cuerpo activado. Blindaje y Puntos de Casco los habituales. En vez de Fuerza D, sería como un Puño Sierra medio (F8 + 1d6 extra para el blindaje) Algo asi, de manera que siempre que este en poder de un bando (es decir que lo haya cogido con las condiciones de la misión de reliquia) pueda usarlo como haya salido la tirada inicial del D6. Al estar en el medio hay las mismas posibilidades para uno que para otro y asi se usa el knight de alguien...si se llega a usar 
A ver, en la encuesta ha salido claramente no a los superpesados, en caso de poner uno, como objetivo de batalla final; como fue el Hechicero y el Inquisidor el año pasado, en mesa 1 y tercera ronda...
Yo no lo veo mal, mi opción sería C2 de Keyan...
Mesa 1 y tercera es claramente lo que propongo, por si no ha quedado suficientemente claro arriba.
La idea es que los combates por hacerse con el poder del bisho pueden ser sangrientos, y de hecho es probable que ningun bando logre activarlo...
Yo voto por meter alguna chorradita en las mesas finales mas altas, pero yo soy un bicho raro...
Por si interesara de cara al trasfondo... así es como finalicé la narrativa del IV Torneo: Después de la tormenta… [/b]
La nave del Gran Inquisidor salió de la Disformidad cerca de Pharus… o más bien, cerca de lo que quedaba de Pharus. El pequeño planeta, antes una señal de repetición del Astronomicon y una baliza para dirigir el tráfico de los astilleros del sistema, parecía que había sufrido el impacto de un gran asteroide. Las fuerzas del Vórtice habían terminado por destruirlo durante la batalla que había enfrentado a Mor Basherkell y el maldito mil veces Hechicero.
Por suerte para todo el Imperio, el precio a pagar solo había sido el sistema de Classis Cuarta.
Pharus solo era la punta del iceberg. La destrucción en todo el sistema alcanzaba cotas inimaginables. Millones de vidas se habían perdido, tanto en soldados como civiles tratando de huir del conflicto que la disformidad había arrojado sobre ellos. Solo Classicae y los astilleros habían sobrevivido relativamente indemnes el castigo de los invasores. El sistema de defensas orbitales había realizado su labor, y las tropas de choque de los Astartes mantuvieron entretenidos a los enemigos más allá de Seges.
El propio Seges era un ejemplo del nivel de destrucción al que se había llegado en Classis Cuarta. Otrora un mundo capaz de alimentar a todos los habitantes del sistema, Seges se había convertido en un erial. Sus núcleos de población eran incendios kilométricos, y las tropas imperiales habían rematado el trabajo para evitar que la Plaga se extendiera por el sistema. Sacrificados, los huesos de los habitantes del mundo agrícola y las cercanas estaciones mineras sonreían al cielo en una burla eterna de los Poderes Ruinosos al Imperio.
Alestus Glockber no había dejado de leer toda la información disponible de la Campaña, una y otra vez, durante los últimos ocho meses. Ocho largos meses en los que las tropas invasoras habían saqueado hasta desbandarse y ser arrinconadas o perseguidas por los refuerzos llegados al sistema. De nuevo asegurado, el destino de Classis Cuarta era la muerte. Sin Seges ni las minas exteriores, Classicae era un mundo agonizante, y los astilleros de Navale estaban igualmente condenados. Actualmente, el trabajo que se estaba realizando era el de salvar todo lo posible de aquel mundo y, prácticamente, trasladarlo por completo a una ubicación cercana. Los astilleros se desmontarían y se reensamblarían en otro mundo, y quizás los hijos de los hijos de los actuales habitantes y operarios volverían a trabajar en ellos.
Glockber intentaba obligarse a ver todo esto como una victoria. Amarga y envenenada, sí, pero la lucha contra el Caos siempre deja profundas heridas. El Hechicero había fracasado, y el Vórtice, así como su amo, habían dejado de ser una amenaza para el Imperio. ¿No había sido acaso ese el objetivo?
La muerte de Basherkell le pesaba como un pecado personal. Él mismo tendría que haber acudido a Classis Cuarta, pero había delegado en el Inquisidor para evitar que la verdadera naturaleza del Enemigo quedase al descubierto. Un riesgo controlado que había terminado con la muerte de su subalterno y amigo, y que había dejado parte de la misión incompleta, obligándole a enfrentarse a la masacre ocasionada.
El Gran Inquisidor descendió a los restos de Pharus. Los sistemas de soporte vital de su servoarmadura eran voluminosos e incómodos, pero necesarios ahora que la atmósfera de la estación había desaparecido. Debía recuperar algo de toda aquella destrucción, algo que le hiciese creer que la muerte de Basherkell y de las millones de personas de aquel sistema no habían sido en vano. Mientras recorría el campo de batalla, un terremoto sacudió la zona. Las ruinas alrededor de Glockber cedieron y una gran humareda se levantó, dejándole temporalmente ciego. Sus escoltas adoptaron una posición defensiva y escudriñaron los restos hasta asegurarse que todo estaba en orden. - Continuemos.- oyó decir al Sargento a través del comunicador.
Finalmente, Glockber llegó a su destino. En aquel lugar la destrucción era terrible, mucho más aún que en otros puntos que habían recorrido. Su escáner, cuidadosamente calibrado por él, indicaba que se encontraba cerca. La señal era fuerte y constante. - Quedaos aquí.- indicó a las tropas inquisitoriales que lo acompañaban. Con obediencia ciega, nadie protestó porque el Gran Inquisidor continuase solo.
Siguiendo la señal del escáner, Glockber se introdujo en una precaria zona ruinosa, llena de cadáveres. El peso de su armadura arrancaba pequeños crujidos al suelo, pero no podía parar a comprobar si toda la estructura era sólida. Necesitaba aquel objeto. Finalmente, el pitido del escáner indicó que se encontraba en el lugar adecuado. Glockber buscó entre los restos. Dos ojos vacíos le devolvieron la mirada. Por un segundo, Glockber pensó que al otro lado de esos ojos un ser vivo estaba escudriñándolo y un escalofrío le recorrió la espalda. “Está muerto”, pensó. Los visores del casco del Marine seguían siendo intimidantes, aun apagados y muertos. Su armadura era rojo sangre, como si se hubiese bañado en ella, costrosa y vieja como el tiempo. Lo intrincado de su decoración indicaba que no era un cualquiera, y los pergaminos llenos de textos blasfemos y runas prohibidas le señalaban como un antiguo legionario, un capellán oscuro, un traidor.
- Hechicero…- Glockber apenas susurró el nombre. Conocía el nombre real de aquél hereje, por supuesto, pero no era necesario otorgarle reconocimiento alguno, ni darle un lugar en la historia.
El Gran Inquisidor se arrodilló junto al cadáver de aquel Marine Espacial. Era enorme, incluso para él que vestía una armadura similar a las de los Astartes. Aquel ser había sido tocado por los Poderes Siniestros, e incluso a través de los respiradores, su cuerpo apestaba de manera intensa.
Reprimiendo las náuseas, Glockber comenzó a rebuscar alrededor del muerto. No estaba. ¡No estaba! La señal continuaba pitando en el escáner, burlándose de los esfuerzos del Inquisidor. Finalmente, Glockber tuvo que enfrentarse al cadáver. Debía guardarlo en algún lugar de su cuerpo. Sacó la espada de energía de su funda y se abrió paso a través de la armadura. Los ojos le lloraban por el olor y los símbolos blasfemos. Finalmente, el pecho del traidor quedó al descubierto, y con él, aquello que Glockber había venido a buscar.
- Por fin…-
La nave inquisitorial salió del sistema tal como había entrado. En la sala de mando, el Gran Inquisidor Glockber sonreía. Tras ocho largos meses, finalmente, tenía la victoria.
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